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Esperando el fin de La Guerra.

Martes, 9 de Febrero de 2010 por antonioarellano

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Pese a la niñez, no dejaba de observar las dos preocupaciones más significativas del momento:

La alimentación, que no obstante el aumento de familia, no recuerdo pasar hambre. No habría exquisiteces en la mesa, pero aprovechando los propios productos que la naturaleza ofrece, tal como las collejas, en tortilla con algún huevo y, estando atentos del día  que mataban algún caballo o mulo, podían comprar algunas partes nobles del animal, que mi abuela convertía en rica cecina, parecida al mejor jamón ibérico. Amén de las muy famosas lentejas y otras legumbres. Consecuencia de esta alimentación, digamos decente, el recién nacido se criaba fuerte y sano a base de leche materna. La otra:

La incertidumbre del momento, sin conocer que pasaría de hoy a mañana. Nuestra casa, centro de reunión de varias personas, pasaban tardes jugando a cartas y comentando cómo veían el presente y pidiendo que llegasen pronto tiempos más normales.  Entre las habituales estaba el farmacéutico del pueblo. También era el  Sr. Bueno (nombre imaginado por mí,  por no recordar el verdadero) y, otros varios. Comentaban ciertas detenciones a vecinos del pueblo. Se hablaba de quienes ya no volvían, sin conocer sus destinos. En definitiva, creo que el temor,  hacía que  todos tratasen de disfrazar su verdadera identidad e ideología en aquel momento. El Sr. Bueno en concreto,  se significaba  demostrando estar muy de acuerdo con las ideas más radicales, con frases a veces malsonantes para el resto. Ejemplo: “Los muertos, bien muertos están”, entre otras parecidas. Y elegir aquel lugar para reunirse,  obedecía a dos razones básicas: Primera, Telégrafos en horario permanente, obligaba a mi padre atención constante en la oficina. Segunda, una estufa, a veces alimentada por huesos de almendra amarga, recogidos del campo, ofrecía una estancia agradable en invierno.  Así pasaron los días, hasta que en Abril se da por terminada “LA GUERRA”, aunque no llegase “LA PAZ”.

Al día siguiente, estando mi hermano Rafael asomado al balcón con vistas a la plaza, gritó diciendo: ¡Padre, que viene camino de casa El Sr. Bueno! Mi padre le contesta: Bien, como tantas veces. A lo cual, aclara mi hermano, ¡ES QUE VIENE VESTIDO DE FRAILE! Así era en realidad.

En efecto, su primera visita, desprendido de su anterior vestimenta y disfraz interno de su verdadera personalidad, fue a mis padres para ofrecerse a bautizar a mi hermano Pepe, alegando que presentía tal deseo por la  familia.

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